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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://literaturasantafe.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>Literatura Santafesina</title><description>ESCRITORES SANTAFESINOS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;DIRECTORA: &lt;br /&gt;Norma Segades Manias&lt;br /&gt;</description><link>https://literaturasantafe.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>Memorias del General Jos&#xE9; Mar&#xED;a Paz</title><link>https://literaturasantafe.blogia.com/2007/110201-memorias-del-general-jose-maria-paz.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturasantafe.blogia.com/2007/110201-memorias-del-general-jose-maria-paz.php</guid><description><![CDATA[<p><strong>El general Paz preso en Santa Fe*<br />Selecci&oacute;n de fragmentos de sus memorias</strong>: <strong>Sonia Catela<br /></strong><br />-&ldquo;A la noche llegamos al Sauce, primer lugar habitado de la provincia de Santa Fe, y a diez leguas de la capital. Es una poblaci&oacute;n de indios abipones reducidos. Continuamos nuestra marcha y habiendo pasado en canoas el paso a Santo Tom&eacute;, en el Salado, que estaba extraordinariamente crecido, llegamos a las 4 de la tarde a Santa Fe&rdquo; (p.221)<br />&ldquo;Qu&eacute; mutaci&oacute;n tan violenta la de mi estado&hellip; del poder a la dependencia m&aacute;s absoluta (p.223)</p><p>-&ldquo;Fui recibido por el ayudante Oro&ntilde;o, que regenteaba el edificio conocido por la Aduana, que est&aacute; tambi&eacute;n la Casa de Gobierno, y que sirve al mismo tiempo de c&aacute;rcel, de cuartel, de dep&oacute;sito de indios e indias, de almac&eacute;n, parque, proveedur&iacute;a, etc. (p.222) <br /><br />-&ldquo;Larrachea ejerc&iacute;a el gobierno por delegaci&oacute;n de Estanislao L&oacute;pez, no siendo, en propiedad m&aacute;s que secretario; las resoluciones gubernativas las autorizaba entonces Juan Maciel, que era ministro interino, y el cual no obstante de esta pomposa investidura ten&iacute;a que venir todas las ma&ntilde;anas bien temprano a barrer personalmente la sala del despacho, (&hellip;) fregar los candeleros que hab&iacute;an servido la noche anterior y acomodar esos utensilios, para entrar enseguida en sus funciones ministeriales.<br />Domingo Cullen era el alma de todo y me expres&oacute; francamente que &eacute;l dirig&iacute;a la pol&iacute;tica del Gobierno y que influ&iacute;a en L&oacute;pez exclusivamente&rdquo;. (p.229) <br /><br />-&ldquo;El domingo 30 de octubre por la ma&ntilde;ana entr&oacute; a mi habitaci&oacute;n el criado que me serv&iacute;a para decirme que acababa de o&iacute;r que muchos de los presos que hab&iacute;an ido en la goleta &ldquo;Uruguay&rdquo; hab&iacute;an sido fusilados en San Nicol&aacute;s; efectivamente, as&iacute; hab&iacute;a sucedido. (&hellip;) Todos ellos hab&iacute;an sido arrestados en C&oacute;rdoba hac&iacute;a cinco meses, habiendo sido conducidos desde all&iacute; a Santa Fe y luego a San Nicol&aacute;s, muchos con gruesas barras de grillos y todos sufriendo las incomodidades de una rigurosa prisi&oacute;n. (&hellip;) El 28 de octubre de 1832 fueron fusilados del modo m&aacute;s cruel en la ciudad de San Nicol&aacute;s diez oficiales o ciudadanos distinguidos, y otros dos, conducidos al pueblo de Salto, sufrieron la misma pena. &Eacute;sta se perpetr&oacute; sin forma alguna de juicio, sin que se oyese descargo a los acusados y sin que sospechasen su sacrificio hasta el momento de verificarse. Una simple orden reservada de Rosas al comandante Ravelo, de San Nicol&aacute;s, los llev&oacute; al suplicio en cuatro horas de t&eacute;rmino. (&hellip;) Orden de<br />Rosas, subalterno de L&oacute;pez, por cuanto L&oacute;pez era general en Jefe de la dicha confederaci&oacute;n&rdquo;. (p.234-235) <br /><br />-&ldquo;As&iacute; es que me dec&iacute;a en Santa Fe un joven de las primeras familias (don Francisco Latorre) que me hac&iacute;a de centinela: &ldquo;Nuestro gobernador es muy bueno, pues jam&aacute;s ha fusilado a nadie por criminal que haya sido, excepto el comandante Ovando que fue ejecutado en medio de este patio (y me se&ntilde;alaba el lugar)&hellip; (p.235)<br /><br />-&ldquo;Pas&eacute; muchos meses amargos. (&hellip;) La lectura era mi sola distracci&oacute;n pero era dificil&iacute;sima en un pa&iacute;s donde se carece de libros; es portentosa la falta que hay de ellos; s&oacute;lo puede explicarse por la total<br />desaplicaci&oacute;n que reinaba en todas las clases. A imitaci&oacute;n de don Estanislao L&oacute;pez, todos llevan una vida medio salvaje y puramente material; lo que es raciocinio y entretenimiento intelectual estaba desterrado de aquella ciudad. (Oto&ntilde;o e invierno del a&ntilde;o 33). (p.240)<br /><br />-&ldquo;&hellip;el teniente Freire, sobrino del gobernador, fusilado el a&ntilde;o 40, por don Juan Pablo L&oacute;pez, por partidario de nuestra causa ...Francisco Solano Cabrera, fusilado m&aacute;s tarde b&aacute;rbaramente en los Santos Lugares&hellip; Aquel famoso Zeballos, que bole&oacute; mi caballo cuando fui hecho prisionero y a quien fusilaron los Reinaf&eacute;&rdquo;&hellip; (p.237, 241, 261) <br /><br />-&ldquo;Se acostumbra aplicar azotes a algunos facinerosos, principalmente a los ladrones cuatreros o de vacas (&hellip;) y la madrugada era siempre la hora de estas ejecuciones. El modo consist&iacute;a en amarrarlos a la reja de una ventana, de muchas que tiene el edificio que se llama Aduana, y all&iacute;, al tiempo que el tambor tocaba diana, aplicarles dicho castigo (&hellip;) precisamente las que cuadraban debajo de la habitaci&oacute;n m&iacute;a, de modo que yo participarse, en cierto modo, del castigo que se inflig&iacute;a a los ladrones; (&hellip;) era horrible (&hellip;) el infernal ruido que hac&iacute;an los golpes del l&aacute;tigo, los gritos del paciente, las cajas y la algazara de los ejecutores&rdquo;. (p.244) <br />-&ldquo;En la ma&ntilde;ana del 13 de octubre, si no me enga&ntilde;o, del a&ntilde;o en que va mi relaci&oacute;n, que es el &lsquo;33, luego que quitaron los cerrojos de mi calabozo, el muchachito que me serv&iacute;a y a quien yo pagaba para ello, entr&oacute; despavorido para decirme que la indiada ha acometido las quintas inmediatas causando una mortandad horrorosa; que las gentes de los suburbios corr&iacute;an en tropas a refugiarse en el centro de la ciudad y que el Gobernador hab&iacute;a venido a la Aduana y se preparaba a salir con fuerza para resistirles. (&hellip;) Yo mismo alcanc&eacute; a ver por una ventanilla de un cuarto inmediato al m&iacute;o que daba al campo, mujeres que corr&iacute;an con sus atados, en que llevaban lo m&aacute;s precioso que ten&iacute;an para salvarlo. La Aduana hab&iacute;a salido de su habitual quietud; no se ve&iacute;an sino hombres armados que<br />sal&iacute;an de los almacenes, que al efecto se hab&iacute;an abierto. Regularmente era esa la manera de expedicionar que ten&iacute;a L&oacute;pez. Cuando era urgente preparar una fuerza, ocurr&iacute;an por armas los gauchos voluntarios, de que se hac&iacute;a seguir y se las daban sin cuenta ni raz&oacute;n&rdquo;. (p.245) <br />-&ldquo;L&oacute;pez (&hellip;) empez&oacute; a hacer personalmente algunas incursiones en el Chaco, m&aacute;s o menos como las que los indios hacen en los poblados. De all&iacute; que se trajeron algunas docenas de indias con muy pocos indios, porque los dem&aacute;s hab&iacute;an sido muertos. A dichas indias se las deposit&oacute; en la Aduana, recept&aacute;culo de cuanto hay de m&aacute;s opuesto. All&iacute; ten&iacute;an un sal&oacute;n bajo, sumamente inmundo, donde se las encerraba por la noche, dej&aacute;ndolas todo el d&iacute;a vagar por el patio; su vestido no era otro que una jerga o un pedazo de cuero envuelto que les cubr&iacute;a desde la cintura hasta las rodillas, presentando de ese modo la Casa de Gobierno el espect&aacute;culo m&aacute;s asqueroso y chocante. Pero &eacute;l serv&iacute;a algunas veces de recreo a S.E. el Gobernador. En varias ocasiones lo vi salir a la baranda para presenciar escenas de pugilato que representaban las chinas, saliendo de dos en dos como en un duelo y d&aacute;ndose con el mayor encarnizamiento sendos golpes de pu&ntilde;o en el pecho y en el rostro hasta cubrirse de sangre y quedar bien estropeadas; cuando esto suced&iacute;a, las contendientes acortaban su<br />chirip&aacute;, de modo que s&oacute;lo ocultaba la parte del cuerpo que hay desde la cintura hasta m&aacute;s arriba de la rodilla; cuando S.E. hab&iacute;a gozado del placer que le ofrec&iacute;an estos gladiadores de nuevo g&eacute;nero, tiraba una peseta a la india m&aacute;s vigorosa y se retiraba muy satisfecho. (&hellip;) y alguna vez una contendiente dejaba escapar el chirip&aacute; porque con los golpes y contorsiones se reventaba la correa que lo sosten&iacute;a y quedaba completamente desnuda. entonces se dejaban o&iacute;r los estruendosos aplausos y sub&iacute;a de punto la alegr&iacute;a. He sido testigo ocular de estas y otras escenas semejantes, que por de poco gusto que fuesen, hac&iacute;an un par&eacute;ntesis a la insoportable monoton&iacute;a de mi vida&rdquo;. (p.246) <br />-&ldquo;Un domingo por la ma&ntilde;ana alcanc&eacute; a ver un indio con una gruesa barra de fierro, a quien encerraban en la Alcanc&iacute;a, que era un cuartito de algunos pies que quedaba debajo de la escalera principal y cuya puerta alcanzaba a ver desde mi calabozo. Otros dos robustos salvajes, cuya fisonom&iacute;a y ademanes manifestaban suma consternaci&oacute;n, fueron conducidos sin prisiones al corredor alto y luego al cuarto del ayudante, adonde vi entrar al cura de la ciudad, doctor Amen&aacute;bar. La venida de un sacerdote, la preparaci&oacute;n de una fuente de agua, la compostura y solemnidad que daban a la ceremonia los pocos actores que interven&iacute;an, me hizo creer que se trataba de un acto religioso. Efectivamente era as&iacute;; los indios fueron bautizados para ser entregados a la muerte ese mismo d&iacute;a. Como a las cuatro de la tarde se present&oacute; una partida de los indios del Sauce a la puerta de la Aduana, de los que yo mismo vi tres o cuatro que entraron al patio, a la que fueron entregados los tres indios bautizados recientemente. La partida se march&oacute; y luego que pas&oacute; el Salado lance&oacute; sin<br />cumplimientos a los dos indios que no llevaban prisiones, reservando el de los grillos (&hellip;) que fue entregado a las indias mujeres y muy particularmente a la venganza de la india cuyo padre hab&iacute;a muerto a manos del padre del que se iba a sacrificar. (&hellip;) Ellas aseguraron al desgraciado fuertemente a un poste, lo hincaron primero con agujas y puntas de fierro, le cortaron vivo las orejas y las narices, lo castraron y martirizaron sin piedad hasta que muri&oacute; en horribles tormentos. (&hellip;) Lo<br />admirable es que este hecho p&uacute;blico, de entera notoriedad, no excitaba horror ni produjo censura, ni el menor signo de reprobaci&oacute;n, al menos entre la gente con quien yo trataba, que eran los militares. Despu&eacute;s he hablado con personas que pertenec&iacute;an a una clase m&aacute;s distinguida y he tenido motivos de creer que tampoco a ellos les hizo desagradable sensaci&oacute;n (p.248-9) <br />-&ldquo;Ladrones: avisados que esa noche era la destinada (&hellip;) para el robo, se mandaron emboscar dos partidas en los sitios convenientes, de modo que no pudieran escapar los ladrones, o mejor diremos, Ver&oacute;n, que era el &uacute;nico al que quer&iacute;an sacrificar, acaso porque era forastero (correntino). Vi&eacute;ndose &eacute;ste sentido huy&oacute; y dio con una de las partidas que mandaba el juez civil don Urbano Iriondo, la que lo hiri&oacute;, captur&oacute; y amarr&oacute; fuertemente; en ese estado se hallaba cuando lleg&oacute; el ayudante Jos&eacute; Manuel Echag&uuml;e, el cual sacando entonces su espada, lo atraves&oacute; en varias partes hasta concluirlo. Al d&iacute;a siguiente estaba el cad&aacute;ver en los portales del Cabildo a la expectaci&oacute;n p&uacute;blica. (&hellip;) Echag&uuml;e ocupaba un lugar distinguido: pertenec&iacute;a a una de las primeras familias, era de lo m&aacute;s adelantado en maneras y cultura (&hellip;) Pues este mismo Echag&uuml;e me refiri&oacute;, sin el menor empacho y m&aacute;s bien con el<br />tono de jactancia, (&hellip;) lo que hab&iacute;a cometido, content&aacute;ndose con a&ntilde;adir que lo hab&iacute;a hecho porque conoci&oacute; que &eacute;sa era la voluntad de L&oacute;pez. (p.250) <br /><br />-&ldquo;Era domingo 6 de abril del &lsquo;34, d&iacute;a de Pentecost&eacute;s. Ser&iacute;an como las cuatro de la tarde y el ayudante Echag&uuml;e que acababa de entrar al patio de la Aduana trayendo dos manos humanas frescas a&uacute;n, de alguno que acababa de morir, y a quien se las hab&iacute;an cortado; estas manos eran de un indio a quien hab&iacute;an muerto ese d&iacute;a y las tra&iacute;a con el (...) pretexto de preguntar a las indias si conoc&iacute;an por las manos al que las hab&iacute;a llevado en vida. (...) Con el mismo fin vi otra vez pasear por el patio de la Aduana una cabeza que acababa de ser cortada a otro indio que tra&iacute;a un joven por los cabellos al que segu&iacute;a una larga comitiva de muchachos ((p.253-54)<br /><br />-&ldquo;Mi madre estuvo con L&oacute;pez despu&eacute;s de que sali&oacute; de mi celda y nada agradable o consolatorio le dijo. El gaucho hac&iacute;a alarde de su incivilidad con las se&ntilde;oras sin embargo que era uno de los hombres m&aacute;s disolutos que pueden darse, atendida su edad, su posici&oacute;n social y su estado, pero en lo com&uacute;n, con las de la &uacute;ltima plebe, y m&aacute;s que todo, las indias, los &iacute;dolos ante quienes quemaba sus inciensos. (p.255) <br /><br />-&ldquo;Algunos meses antes de marzo del &acute;35, a eso de la medianoche, que era bien oscura, en una peque&ntilde;a azotea que quedaba en el ala opuesta del patio a la que yo habitaba se oyeron unos quejidos tan penetrantes y dolorosos acompa&ntilde;ados de algunas expresiones suplicatorias que no me<br />qued&oacute; duda que eran de alguna persona a quien le daban la cuesti&oacute;n del tormento. Por el modo de expresarse y por la familiaridad con que el doliente trataba al ayudante ejecutor a quien tuteaba, infer&iacute; que era persona de distinci&oacute;n. Despu&eacute;s de algunos minutos de tortura, cuando el paciente dec&iacute;a que ya iba a declarar, cesaba el tormento y los lamentos, a los que suced&iacute;a un murmullo que no pod&iacute;a entender; m&aacute;s luego volv&iacute;a a sufrir la v&iacute;ctima y empezaba otra vez a quejarse amargamente. Durar&iacute;a esta escena de horror tres cuartos de hora, pasados los cuales, todo qued&oacute; en silencio, y no o&iacute; m&aacute;s ruido que abrir y cerrar puertas, por varias veces, sin que por esa noche pudiese adelantar nada sobre el asunto. A la ma&ntilde;ana siguiente, supe que la v&iacute;ctima hab&iacute;a sido don Clemente Za&ntilde;udo, (m&aacute;s tarde asesinado en Buenos Aires por la mazorca) joven distinguido de Santa Fe y la causa de su martirio fue la siguiente:&nbsp; Habiendo concluido el t&eacute;rmino legal del gobierno de L&oacute;pez se trataba de<br />la elecci&oacute;n o mejor dicho de la reelecci&oacute;n, porque era sabido que ning&uacute;n otro ser&iacute;a gobernador, sino &eacute;l; aquel a&ntilde;o se le ocurri&oacute; renunciar el nombramiento despu&eacute;s que fue reelecto; la Sala de Representantes insisti&oacute;, y &eacute;l se empe&ntilde;aba en rehusar, lo que caus&oacute; alguna indecisi&oacute;n y embarazo. En estos momentos aparece un pasqu&iacute;n apostrofando a los Representantes de hombres pusil&aacute;nimes e irresolutos, y dici&eacute;ndoles que eligiesen otro, pues hab&iacute;a muchos santafesinos dignos y capaces de obtener el gobierno. Aqu&iacute; fue Troya. El hip&oacute;crita mand&oacute;n mont&oacute; en furor, y en su fren&eacute;tico delirio se le ocurri&oacute; que Za&ntilde;udo deb&iacute;a por los menos saber qui&eacute;n era el autor del pasqu&iacute;n. Se le llama, se le interroga, niega, se le amenaza y no se tiene mejor resultado; entonces enlazando sus dos pu&ntilde;os en una cuerda corrediza sobre una viga que est&aacute; en lo alto, se le suspende hasta quedar su cuerpo en el aire, gravitando con todo su peso en los pu&ntilde;os y en la cuerda. Cada vez m&aacute;s se va haciendo m&aacute;s intolerable esta posici&oacute;n, hasta que le causa acerbos dolores y casi le disloca los brazos. Las interrupciones que yo notaba, proven&iacute;an de que en lo m&aacute;s agudo de sufrimiento ofrec&iacute;a hacer revelaciones de lo mismo que ignoraba, y entonces se aflojaba la cuerda y se le permit&iacute;a hacer pie; mas cerciorado L&oacute;pez, que en persona presid&iacute;a la ejecuci&oacute;n, de que nada adelantaba, volv&iacute;a a empezar la tortura. Al d&iacute;a siguiente, el Za&ntilde;udo y don V. Francisco Ben&iacute;tez tuvieron orden de salir de la provincia y se fueron a Buenos Aires, donde el primero, seis a&ntilde;os despu&eacute;s, hall&oacute; una muerte tr&aacute;gica&rdquo;. (p.262) <br /><br />&hellip;&hellip;&hellip;..<br /><em>*El general Jos&eacute; Mar&iacute;a Paz cay&oacute; prisionero de las fuerzas de los Reinaf&eacute;, aliados de Estanislao L&oacute;pez, el 10 de mayo de 1831, en la provincia de C&oacute;rdoba. Se lo traslad&oacute; a la ciudad de Santa Fe, donde vivi&oacute; un cautiverio de cuatro a&ntilde;os; trasladado a Luj&aacute;n permaneci&oacute; preso otros cuatro a&ntilde;os m&aacute;s.<br /></em></p>]]></description><pubDate>Fri, 02 Nov 2007 15:50:00 +0000</pubDate></item><item><title>Lina Beck - Bernard</title><link>https://literaturasantafe.blogia.com/2006/120801-lina-beck-bernard.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturasantafe.blogia.com/2006/120801-lina-beck-bernard.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><strong>Lina Beck-Bernard.(1824-1888) <br /></strong><br /><em>Escritora francesa (alsaciana). Casada con Carlos Beck, colonizador suizo, vino al R&iacute;o de la Plata en 1857 y vivi&oacute; en Santa Fe hasta 1862. Ese a&ntilde;o volvi&oacute; a Europa y pas&oacute; en Lausana el resto de sus d&iacute;as, dedicada al cultivo de las letras y al estudio de cuestiones sociales. Escribi&oacute; dos libros de temas argentinos: &ldquo;Le Rio Parana, cinq ann&eacute;es de s&eacute;jour dans la R&eacute;publique Argentine&rdquo; (1864) y &ldquo;Fleurs des Pampas&rdquo; (1872). El primero ha sido traducido al castellano con el t&iacute;tulo de &ldquo;Cinco a&ntilde;os en la Confederaci&oacute;n Argentina (1856-1862)&rdquo; por J L Busaniche, 1935. Lina Beck-Bernard, vinculada a eminentes escritores franceses, colabor&oacute; en La Reveu des Deux Mondes. <br />...<br />Lina Beck-Bernard residi&oacute; cinco a&ntilde;os en el pa&iacute;s, observ&oacute; sin prisa sus costumbres, se vincul&oacute; desde un principio al medio social en que vivi&oacute;, supo ver con ojos de artista el color de la &eacute;poca, capt&oacute; la poes&iacute;a de las cosas viejas, anot&oacute; datos hist&oacute;ricos valiosos, fij&oacute; tipos y caracteres, recogi&oacute; leyendas y tradiciones, para escribir este libro (Cinco a&ntilde;os en la Confederaci&oacute;n argentina) que representa el m&aacute;s bello y fino homenaje a la tierra que fue con ella hospitalaria y cordial&rdquo; escribe Jos&eacute; Luis Busaniche en el pr&oacute;logo.<br />&ldquo;Hab&iacute;a nacido Lina Beck-Bernard (1824) en un pueblecito de Alsacia, Bitschwiller, cerca de la ciudad de Than, en el Alto Rhin. Pertenec&iacute;a a una antigua familia protestante, afincada en la regi&oacute;n. Su padre &ndash;ingeniero de una f&aacute;brica- fue asesinado por un obrero. (...) Creci&oacute; en un ambiente austero y taciturno. El abuelo materno, de apellido Berger, hombre de vasta cultura, se ocup&oacute; de su educaci&oacute;n. (...) Inici&oacute; a su nieta en el lat&iacute;n, el griego, las ciencias y el dibujo. La familia se traslad&oacute; a Basilea y de all&iacute; a Lausana, en 1840, cuando Lina ten&iacute;a 16 a&ntilde;os. El movimiento liberal y democr&aacute;tico que germinaba en Europa influy&oacute; poderosamente en el esp&iacute;ritu de la joven, quien (...) empezaba a preocuparse por los problemas sociales de la mujer. (...) Se inici&oacute; en las disciplinas del derecho penal y adquiri&oacute;, muy pronto, una seria versaci&oacute;n en todo lo referente a los sistemas penitenciarios.<br />En 1852 contrajo enlace con Carlos Beck, ciudadano de Basilea, hombre de empresa (...).<br />Ese mismo a&ntilde;o se produce en el R&iacute;o de la Plata uno de los hechos m&aacute;s capitales de su historia: el general Urquiza triunfa en la batalla de Caseros y derriba la dictadura de Rosas. El vencedor procura, de inmediato, fomentar las corrientes inmigratorias. No tarda en formarse en Basilea la Sociedad Beck, Herzog y C&iacute;a, para contribuir al movimiento inmigratorio y colonizador del R&iacute;o de la Plata. En 1856 Beck decide trasladarse a la Confederaci&oacute;n Argentina para fundar establecimientos agr&iacute;colas en la provincia de Santa Fe. (...)<br />Desembarcan en Buenos Aires el 14 de marzo de 1857. Permanecen poco tiempo. (...) Despu&eacute;s la familia &lsquo;se interna en el desierto&rsquo;, vale decir remonta el Paran&aacute; a bordo de una goleta fletada para el viaje a Santa Fe y que se llama &lsquo;El Rey David&rsquo;. (...) <br />Unos isle&ntilde;os sirgadores remolcan a caballo al &lsquo;Rey David&rsquo; desde la boca del Colastin&eacute; hasta el puerto de Santa Fe, donde desembarca la familia Beck-Bernard en los primeros d&iacute;as de abril. Santa Fe tiene en 1857 poco m&aacute;s de seis mil habitantes. Es el mismo pueblo de veinte, de treinta a&ntilde;os atr&aacute;s. <br /></em><br /><strong>1853: La Santa Fe colonial: &iexcl;Nos quedamos sin esclavos! <br /></strong><br />Por Lina Beck-Bernard<br /><br />No pod&iacute;an ocult&aacute;rsele al general Urquiza las dificultades que ofrec&iacute;a la manumisi&oacute;n de los esclavos restantes, y se propuso dar un corte definitivo a la cuesti&oacute;n, perjudicando gravemente a los propietarios. Fue as&iacute; que orden&oacute; la reuni&oacute;n de todos los esclavos en el Cabildo de Santa Fe, haciendo entregar a cada uno su acta de liberaci&oacute;n con un pasaporte que le permit&iacute;a embarcarse de inmediato en cualesquiera de los nav&iacute;os anclados en el puerto... Tal medida tuvo el car&aacute;cter de un &ldquo;s&aacute;lvese quien pueda&rdquo;, general. Dama hubo, propietaria hasta esa ma&ntilde;ana de treinta o cuarenta sirvientes, que se vio obligada por la noche a trabajar ella misma en la cocina para prepararse el sustento, y se dio el caso de alg&uacute;n estanciero en cuyas chacras trabajaban hasta cien esclavos, que se encontr&oacute; solo y abandonado por sus peones, de un momento a otro. En pocas semanas los ganados invadieron los sembrados y arrasaron las plantaciones. Los propietarios abandonaron entonces las estancias y campos cercanos a la ciudad y los indios se aprovecharon para dar buena cuenta de todo. (...)<br />Tambi&eacute;n se dieron casos (...) de rec&iacute;procos sacrificios.<br />As&iacute;, do&ntilde;a Carmelita L... no ten&iacute;a sino una esclava cuando se produjo la resoluci&oacute;n de Urquiza. Esta abandon&oacute; a su ama dej&aacute;ndole dos hijos muy peque&ntilde;os. Para do&ntilde;a Carmelita, se&ntilde;ora entrada en a&ntilde;os y de salud quebrantada, la madre esclava significaba una ayuda y los peque&ntilde;os una carga. Sin embargo, se encarg&oacute; de la crianza de estos &uacute;ltimos, sin una queja, sol&iacute;citamente, maternalmente, costeando el matenimiento de las criaturas con labores de aguja que hac&iacute;a vender en la ciudad. Algunos a&ntilde;os m&aacute;s tarde, ya vieja (...) fue cuidada con la mayor fidelidad por los dos hijos de la antigua esclava. La muchacha, Melitona, mulata blanca de una rara belleza, trabajaba de planchadora y su hermano de carpintero. Ambos llamaban El Ama a do&ntilde;a Carmelita (...)<br />Hubo otros esclavos que dejaron a sus amos y volvieron atormentados por los remordimientos alg&uacute;n tiempo despu&eacute;s; entre esos arrepentidos se contaban mujeres que reaparecieron en casa de sus antiguos due&ntilde;os al cabo de cinco o seis a&ntilde;os con tres o cuatro rapaces, pidiendo ser reintegradas a la familia y protestando que las hab&iacute;an abandonado sus maridos. (...)<br />Para la mayor&iacute;a de las familias, la liberaci&oacute;n de los negros ha significado una completa ruina, agravada frecuentemente por la coincidencia de la vejez y las enfermedades. Conocemos varias personas ancianas y de noble ascendencia, que viven recluidas en sus casas antiguas, muy se&ntilde;oriales, pero ruinosas. (...) <br />Hasta ahora han podido subsistir vendiendo, una tras otra, sus lindas joyas antiguas, pero el d&iacute;a que se desprendan de la &uacute;ltima perla y del &uacute;ltimo brillante para comprar el pan cotidiano, estas gentes, que no han obtenido compensaci&oacute;n alguna por los sacrificios exigidos, se encontrar&aacute;n en la m&aacute;s absoluta miseria. <br /><br /><em><strong>Fuentes<br /></strong>&ldquo;Cinco a&ntilde;os en la Confederaci&oacute;n Argentina, 1857-1862&rdquo; de Lina Beck-Bernard, traduc. Jos&eacute; Luis Busaniche, edici&oacute;n 1991, Talleres de la Imprenta Legislativa de Santa Fe.<br /><br /><strong>Datos de Lina Beck-Bernard</strong><br />(Fuente: &ldquo;Estampas del pasado&rdquo;, Solar/Hachette, de Jos&eacute; Luis Busaniche, Bs As, 1971, p&aacute;g. 522) <br /></em><br /><strong><em>Agradecemos el generoso aporte&nbsp;de&nbsp;la escritora santafesina Sonia Catela.</em></strong></p><p align="justify">&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Fri, 08 Dec 2006 11:10:00 +0000</pubDate></item><item><title>Mario Vecchioli</title><link>https://literaturasantafe.blogia.com/2006/112304-mario-vecchioli.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturasantafe.blogia.com/2006/112304-mario-vecchioli.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><strong>Mario Vecchioli<br /></strong>(1903-1978)<br /><br /><em>"De la localidad santafesina de Sunchales, tambi&eacute;n poblaci&oacute;n crecida con el aporte de la inmigraci&oacute;n italiana, y descendiente directo de padres peninsulares, Mario Vecchioli, radicado posteriormente en la ciudad de Rafaela, dej&oacute; en sus Silvas Labriegas (1952) uno de los testimonios m&aacute;s profundo sobre la gesta de sus antepasados.<br />`Evocador espirituoso de una epopeya ingenuamente campesina, posee en s&iacute; la g&eacute;nesis y la apoteosis&acute;, lo defini&oacute; Lermo Rafael Balbi, al prologar la edici&oacute;n de sus Obras Completas (1981)<br />Componen su producci&oacute;n l&iacute;rica los libros: Mensaje l&iacute;rico (1946), Tiempo de amor (1948), La dama de las rosas (1950), Silvas labriegas (1952), De otros d&iacute;as (1970), El sue&ntilde;o casi imposible (1974), Rinc&oacute;n de tierra nuestra (1975) y Reiteraci&oacute;n del hombre (1977)."</em></p><p align="justify"><em><strong>Fuente</strong>: Eugenio Castelli (Un Siglo de Literatura Santafesina) <br /></em><br /><strong>Breve selecci&oacute;n de sus obras:<br /></strong><br /><strong>A manera de pr&oacute;logo. <br /></strong><br />Cuando los hombres usan un lenguaje<br />que poco tiene de cordial y humano;<br />cuando un desborde de pasiones ruge<br />y el odio crece como un mar airado;<br />cuando el recelo, el desamor, la intriga<br />muerden con duros dientes acerados,<br />y la mentira, el crimen, la violencia<br />llenan los d&iacute;as de un sabor amargo,<br />densas las sombras sobre el alma bajan,<br />todo se vuelve de un color opaco,<br />decae el &aacute;nimo, la fe vacila,<br />y se contrae el coraz&oacute;n, temblando.<br /><br />Mientras de infamias y de horrores se habla,<br />yo escribo versos y a la vida canto.<br />Me inspira a ello el solidario impulso<br />de ennoblecer la sordidez del barro,<br />de derramar ensue&ntilde;os y esperanzas<br />sobre el dolor y la fatiga diarios,<br />y hacer que en todos un af&aacute;n renazca,<br />generador de sentimientos claros.<br /><br />Por eso canto al buen amor sencillo,<br />al regocijo del esfuerzo honrado,<br />a la amistad, la libertad, las puras<br />costumbres que los hombres olvidaron,<br />y al horizonte l&iacute;mpido que ignora<br />la p&oacute;lvora, la sangre y el espanto,<br />y a la emoci&oacute;n sutil, maravillosa<br />que oigo latir en todo lo creado.<br />Porque yo entiendo que es misi&oacute;n del verso,<br />no ya colmar de amarga hiel el vaso,<br />sino infundir su generoso aliento<br />que abra senderos luminosos y anchos<br />y que en la noche de los d&iacute;as sea<br />igual que un c&aacute;lido apret&oacute;n de manos.<br /><br />A eso aspira mi modesto libro<br />que, humildemente, entrego a mis hermanos.<br /><br /><strong>Soledad.<br /></strong><br />Aqu&iacute;, la soledad.<br />La sola soledad de mi alma sola.<br /><br />&iquest;Qu&eacute; se hizo de tu voz<br />callada ahora?<br />&iquest;Qu&eacute; del jard&iacute;n, s&oacute;lo por ti fragante?<br />&iquest;Qu&eacute; del incendio de la rosa?<br /><br />All&aacute;, en alg&uacute;n pa&iacute;s de tiempo,<br />llueven ajenjo las palabras rotas.<br />Y un horizonte musical se quiebra<br />en grutas melanc&oacute;licas.<br />&iquest;Tal vez tu voz, y con tu voz la m&iacute;a,<br />aun vagan por sonoras costas,<br />m&aacute;s all&aacute;, m&aacute;s all&aacute; del infinito,<br />buscando siempre la perdida aurora?<br /><br />Tu distancia arborece,<br />y hay r&aacute;fagas amargas que preoto&ntilde;an<br />sobre el silencio donde amarilleas.<br />Densas circulan, &aacute;speras, las sombras.<br />El ruedo del est&iacute;o, naufragado,<br />ya al neblinoso coraz&oacute;n no torna.<br />Y una llovizna gris &ndash;sabor de nada-<br />se va detr&aacute;s del p&aacute;rpado, incolora.<br /><br />Vac&iacute;o, soledad.<br />Una abismal ausencia se desploma,<br />desnuda de tu acento<br />y de tu forma.<br /><br />Frente a la angustia, con la noche encima,<br />&iexcl;la sola soledad de mi alma sola!<br /><br /><strong>Hermano m&iacute;o, dulcemente hermano&hellip;<br /></strong><br />Hermano m&iacute;o, dulcemente hermano;<br />Marzo promedia y, vertical, detalla,<br />entre caducos oros,<br />su escalofr&iacute;o de primera tanda.<br /><br />-Marzo es la luz que me invent&oacute; la vida;<br />el viento negro que acost&oacute; tus alas-<br /><br />los cipreses hospedan a la tarde.<br />Un incoloro rezo de hojarascas<br />explica el sur, que viene<br />rememorando ramas.<br /><br />Te nombro con inm&oacute;vil pensamiento.<br />Y me sabes a l&aacute;grimas.<br /><br />No, ya no est&aacute;s conmigo.<br />Ni est&aacute;n las voces de la antigua casa.<br />Nuestra rural y azul adolescencia<br />es polvo de fulgor que se me apaga<br />entre el holl&iacute;n de la ciudad de P&oacute;rtland.<br /><br />S&oacute;lo tu sombra amada<br />me lleva, todav&iacute;a, por las cosas.<br />&iexcl;S&oacute;lo tu sombra amada!<br /><br />Y es tu sangre &iexcl;tu sangre!<br />la que me ta&ntilde;e sus campanas.<br /><br />&iexcl;Oh! Aqu&eacute;l urgirme la canci&oacute;n distinta,<br />con labradores y fumantes chacras,<br />con tierra ruda y con vehementes soles.<br /><br />En esta tarde amarga,<br />te escucho transcurrirme<br />sobre remotas r&aacute;fagas de alfalfa.<br />Corre una arisca libertad de potros.<br />Mel&oacute;dicos follajes de calandrias<br />describen el invicto<br />rubor de las auroras. Y en sumaria<br />conformidad agreste,<br />el ni&ntilde;o triste del balido ensancha<br />su mansedumbre egl&oacute;gica<br />por un aire de espigas y labranzas.<br /><br />&iexcl;Oh! Hermano m&iacute;o, dulcemente hermano:<br />esta es la tierra insobornable y santa.<br />La verde Ocean&iacute;a<br />donde &ndash;frutados de infinita pausa-<br />pap&aacute; y mam&aacute; nos nombras<br />en sembradura de &uacute;ltima jornada.<br /><br />Ahora que te has ido y te subsistes<br />en el alivio ang&eacute;lico del alma,<br />yo te la traigo. Con sus gringos s&oacute;lidos<br />atropellando el alba.<br />Con sus muchachos de acerado temple,<br />sus r&uacute;sticos patriarcas,<br />sus mujeres de arrullo y de coraje<br />partiendo a la fatiga cotidiana.<br /><br />Que mi ternura te lo alcance todo,<br />campos, palomas, tolvaneras, Patria.<br />&iexcl;Ahora que te has ido, hermano, y que eres<br />tambi&eacute;n un poco m&aacute;s de tierra amada!<br /><br /><strong>Canto al indio.<br /></strong><br />Salt&oacute; de la prehistoria,<br />el&aacute;stico y alerta.<br />Irruyendo en af&aacute;n de latitudes.<br /><br />Fue el inca, el maya, el guaran&iacute;, el azteca,<br />el araucano, el patag&oacute;n. &iexcl;Fue el INDIO!<br /><br />Torbellino de plumas y de flechas.<br />Hosca pupila montaraz de halc&oacute;n.<br />Torva y arisca exhalaci&oacute;n de selvas.<br /><br />Ven&iacute;a desde el g&eacute;nesis.<br />Desde el espanto de la fr&iacute;a piedra<br />y el retorcido caos de ra&iacute;ces.<br />Estremeciendo las remotas eras<br />con su alarido b&aacute;rbaro.<br /><br />Monstruos de antigua fama primigenia<br />le chapoteaban el oscuro origen<br />de hirvientes l&eacute;gamos, rojizas gredas,<br />horripilantes saurios.<br />Y un infinito r&iacute;o de estridencias<br />&ndash;r&aacute;fagas c&oacute;smicas, oblicuos vientos,<br />desorbitado restallar de esferas-<br />le clamoreaban hordas de tambores<br />en su violenta conformaci&oacute;n salvaje.<br /><br />Cobrizo engendro de brav&iacute;a tierra,<br />su insobornable estirpe de jaguares<br />vade&oacute; los siglos &iexcl;ebria<br />de alucinante libertad grandiosa!<br /><br />Porque su envi&oacute;n no prefijaba metas,<br />chorreando estr&eacute;pito y emplumado orgullo<br />cruz&oacute; los valles, la planicie inmensa,<br />trep&oacute; la ruta magistral del c&oacute;ndor.<br /><br />Y, erguido bronce en la m&aacute;s alta cresta,<br />&iexcl;atalay&oacute; los mundos<br />con ojos de epopeya!<br /><br />Ahora, el g&eacute;nesis quedaba lejos:<br />antro de f&oacute;siles, brumosa cuenca.<br />Ya no se o&iacute;a el estridor primario,<br />el zumbido espacial de los planetas.<br /><br />Un tiempo de equilibrio<br />iba sin prisa, en inmersi&oacute;n de siesta,<br />apologando deslumbrantes ciclos<br />de intacta paz y organizada idea.<br /><br />Hondos alientos, confluyen claros<br />al meridiano rojo de las venas.<br />Entre consubstanciados climas<br />de invicta primavera,<br />se oyen crecer los pueblos,<br />jadeantes de afanosa empresa.<br />Y un esplendor de templos<br />-ritos solares, dignidad de piedra-<br />alza el prestigio azul con que la vida<br />corre, armoniosa, y apacible sue&ntilde;a.<br /><br />Feliz y libre en ese ed&eacute;n glorioso:<br />as&iacute; lo miran las edades nuevas.<br />Mas &iexcl;ay! que desde el mar los blancos<br />con su codicia llegan.<br /><br />&iexcl;Es una aurora universal que surge,<br />pero es, tambi&eacute;n, la noche que comienza!<br />&iquest;Cu&aacute;ndo, jam&aacute;s, un invasor no afirma<br />su potestad en f&oacute;rmulas violentas?<br />La tierra india,<br />para el intruso es conquistada tierra,<br />y &uacute;nica ley<br />la que &eacute;l impone, f&eacute;rrea.<br /><br />En turbulentas, tempestuosas olas,<br />sube del odio la &aacute;spera marea.<br />Ruge el jaguar. Las indomadas lanzas<br />se precipitan a la antigua senda.<br />&iexcl;Y se despierta, resonante, el llano!<br />&iexcl;Y estallan, rocas de clamor, las selvas!<br />&iexcl;Y un frenes&iacute; de sangre arde en las cumbres<br />bajando, torrencial, a las praderas!<br /><br />Y pasa el hurac&aacute;n. &ndash;En la vor&aacute;gine<br />de las edades, que en tumulto ruedan,<br />ca&iacute;do el indio,<br />torvo el silencio impera.<br /><br />Y brillan y se apagan muchas lunas.<br />Y nada turba la quietud tremenda.<br />Pero la fuerte sangre derramada<br />bulle en la noche ex&aacute;nime de Am&eacute;rica.<br />Y en hervoroso fermentar revive<br />y corre y salta y rumorea.<br />Y es alarido que se enrolla al viento.<br />Y es chispa precursora de la hoguera.<br />&iexcl;Marejada de gloria que levanta<br />a todas las progenies de su tierra!<br /><br />T&uacute;pac-Amaru no es tan s&oacute;lo un nombre.<br />Caupolic&aacute;n no es otro nombre, apenas.<br />Ni Lautaro es un mito.<br />Ni Atahualpa es leyenda.<br /><br />Son lo esencial, lo elemental del hombre:<br />&iexcl;el ideal de libertad suprema,<br />que inmola m&aacute;rtires y encumbra h&eacute;roes!,<br />la incorruptible llamarada eterna,<br />que est&aacute;, de pie, en la sangre,<br />y en el solar de Am&eacute;rica<br />se nombra con el nombre de Miranda,<br />de Washington, de Artigas: con las &eacute;picas<br />proezas de Bol&iacute;var, Sucre, O&acute;Higgins&hellip;<br /><br />Son la raz&oacute;n que fervoriza y gesta<br />ese rom&aacute;ntico aluvi&oacute;n de gauchos<br />que con G&uuml;emes irrumpe en la pelea.<br /><br />&iexcl;Y son la c&uacute;spide inmortal del genio<br />que a San Mart&iacute;n lo lleva<br />m&aacute;s alto, m&aacute;s arriba de los c&oacute;ndores!<br />&iexcl;Oh, canten los poetas!<br />Canten los hijos de esta tierra india,<br />al indio, precursor de la epopeya.<br />Y el Continente, en m&aacute;rmoles y bronces<br />su estampa esculpa, como ardiente tea<br />que a bien amar la libertad concite.<br /><br />Y haya por fin una exaltada fecha<br />en que, vibrantes, los excelsos himnos<br />y el tremolar de las banderas<br /><br />&iexcl;de todas las Rep&uacute;blicas!<br />&iexcl;de tantas Patrias nuevas!<br /><br />signen la gloria de la antigua raza<br />que &ndash;con su aut&eacute;ntica entereza-<br />plasm&oacute;, para los siglos,<br />&iexcl;el libertario esp&iacute;ritu de Am&eacute;rica!<br /><br /><strong>Lejano pueblo m&iacute;o, de mi infancia.<br /></strong><br />Ranchos de lata y perros hacia el este.<br />Al norte los tunales y la pampa.<br />Y un occidente gris de camposanto,<br />perdido entre esmeraldas.<br /><br />&iexcl;Es un antiguo tiempo de la sangre<br />esta dulce provincia de mi infancia!<br /><br />El pueblo estaba al sur. El pueblo<br />era un domingo de camisa blanca,<br />pa&ntilde;uelo perfumado<br />y el nudo maternal en la corbata.<br /><br />Aldea de labriegos,<br />con mostradores de buen vino y grapa,<br />almacenes que ol&iacute;an a pimienta<br />y verdinegras zanjas<br />donde los sapos celebraban lluvias<br />en un idioma secular de g&aacute;rgaras.<br /><br />Pa&iacute;s de Liliput, al que se iba<br />con infantil curiosidad de chacra.<br /><br />&iquest;C&oacute;mo explicar aquellas tribus gringas,<br />vestidas de importancia?<br /><br />&iquest;Y esa tiesura grave,<br />tal vez con presunci&oacute;n de aristocracia?<br /><br />Primero era la misa,<br />con su lat&iacute;n que nadie interpretaba.<br />Misa de rogativa de cosecha,<br />m&aacute;s que de amor a Dios y de alabanza.<br /><br />Despu&eacute;s, afuera, el s&oacute;lito concilio.<br />Interminables, efusivas charlas,<br />con el virtuoso tema femenino<br />de encajes y de ropa almidonada.<br />Juegos y gritos del tropel de ni&ntilde;os.<br />Dudosos secreteos de muchachas.<br />Sonrisas complacientes de las madres.<br />Y el viejo cura, con su cara santa,<br />remolineando de un corrillo a otro<br />la astuta inquisici&oacute;n de su sotana.<br /><br />Los hombres, mientras tanto,<br />con firme empe&ntilde;o y en brillante carga,<br />ya hab&iacute;an conquistado las esquinas.<br />Y entre &ldquo;toscanos&rdquo;, cantos, carcajadas,<br />y cuentos de sabor que no se dice,<br />se echaban el boliche en la garganta.<br /><br />&iexcl;Felicidad de gente laboriosa,<br />que un largo cuatro rumbos de volantas<br />desparramaba de regreso al campo!<br /><br />Pueblo m&iacute;o, de f&aacute;bula.<br />Con sus bald&iacute;os de oxidados sunchos,<br />plaza de pencas y de fiestas patrias&hellip;<br /><br />&iexcl;Es un antiguo tiempo de la sangre<br />esta dulce provincia de mi infancia!<br /><br /></p>]]></description><pubDate>Thu, 23 Nov 2006 20:02:00 +0000</pubDate></item><item><title>Carlos Carlino</title><link>https://literaturasantafe.blogia.com/2006/112303-carlos-carlino.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturasantafe.blogia.com/2006/112303-carlos-carlino.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><strong>Carlos Carlino <br /></strong>(1910-1982)<br /><br /><em>"En 1940, este poeta originario de Oliveros, localidad ubicada en el sur de la provincia, y luego radicado en Rosario, publicaba su libro Poemas con labradores, donde expresa el amor a su patria, pero entronc&aacute;ndolo en lo que, en la formaci&oacute;n de la misma, incidieron sus antepasados inmigrantes (sobre todo su abuelo y su padre).<br />En esas cuartetas de arte mayor (sostenidas por una m&eacute;trica irregular y una rima casi inexistente, pero con un preciso ritmo interior), Carlino sintetiza la &eacute;pica gringa apoy&aacute;ndose en tres valores esenciales: canto, sudor y l&aacute;grima. El primero, el canto, ejemplific&aacute;ndolo en su padre y en su voz mediterr&aacute;nea; el sudor como s&iacute;mbolo del esfuerzo denodado, visto en todos los labradores, pero esencialmente en su abuelo, quien se posesion&oacute; de la tierra con ternuras de novio, y la l&aacute;grima, resumida en la implacable acci&oacute;n de la muerte.<br />`La obra total de Carlos Carlino -se&ntilde;ala Armando del Fabro, en su ensayo Carlos Carlino, poeta del hombre, del surco y del arado- est&aacute; adherida a la tierra, las cosas, los hombres, los dolores, las plenitudes, la inquietud de la chacra y hasta la ausencia amarga del que se va a la urbe despu&eacute;s de haber bebido las auras libres durante a&ntilde;os, pesan en los libros del poeta santafesino con la impalpable presencia de una pasi&oacute;n y de una nostalgia...&acute;<br />La principal creaci&oacute;n literaria de Carlino se inicia en 1938 con Poemas de la tierra. Luego de Poemas con labradores (1940) publica La voz y la estrella y Poes&iacute;a Litoral (1946). Otra de las facetas importantes de su escritura est&aacute; en el g&eacute;nero dram&aacute;tico, en que se destac&oacute; en el plano nacional, sobre todo con La biunda (1945) que en 1952 obtuviera el Premio Nacional de Teatro, y al a&ntilde;o siguiente la Medalla de Oro de Argentores. Complementa su obra con ensayos, principalmente con el titulado Gauchos y gringos (1976)."<br /><br /><strong>Fuente</strong>: Eugenio Castelli (Un Siglo de Literatura Santafesina)<br /></em></p>]]></description><pubDate>Thu, 23 Nov 2006 20:00:00 +0000</pubDate></item><item><title>Jos&#xE9; Pedroni</title><link>https://literaturasantafe.blogia.com/2006/112302-jose-pedroni.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturasantafe.blogia.com/2006/112302-jose-pedroni.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><strong>Jos&eacute; Pedroni<br /></strong>(1899-1968)<br /><br /><em>"No escapa al conocimiento de nadie que el primer cantor de la epopeya gringa fue Jos&eacute; Pedroni. En 1956, en el libro Monsieur Jaquin, reun&iacute;a los poemas que en las d&eacute;cadas anteriores dedicara a Esperanza, su ciudad adoptiva, una de las primeras colonias agrarias de la provincia.<br />En el poema titulado La invasi&oacute;n gringa, registra en im&aacute;genes la llegada de los primeros contingentes de inmigrantes a Esperanza.<br />Sus obras principales son Monsieur Jaquin, Gracia Plena (1925), Cantos del hombre (1960), en las que cant&oacute; tambi&eacute;n a la vida placentera del campo y, sobre todo, a la maternidad, con claros ecos b&iacute;blicos. Este aspecto ha sido analizado con profundidad por Enrique M. Butti, en su ensayo Del nombrar y de los nombres.<br />Integran asimismo su producci&oacute;n po&eacute;tica los siguientes t&iacute;tulos: La gota de agua (1923), Poemas y palabras (1935), Diez mujeres (1937) El pan nuestro (1941), Nueve cantos (1944), La hoja voladora (1961) y El nivel y su l&aacute;grima (1963)."</em></p><p align="justify"><em><strong>Fuente</strong>: Eugenio Castelli (Un siglo de Literatura Santafesina)<br /></em><br /><strong>Breve selecci&oacute;n de sus obras:<br /></strong><br /><strong>Cuna.<br /></strong><br />Haz con tus propias manos<br />la cuna de tu hijo.<br />Que tu mujer te vea<br />cortar el para&iacute;so.<br />Para colgar del techo,<br />como en los tiempos idos<br />que volver&aacute;n un d&iacute;a.<br />Hazla como te digo.<br />Trabajar&aacute;s de noche.<br />Que se oiga tu martillo.<br />-"Est&aacute; haciendo la cuna"-<br />que diga tu vecino.<br />Alguna vez la sangre<br />te manchar&aacute; el anillo.<br />Que tu mujer la enjuague.<br />Que manche su vestido.<br />Las noches ser&aacute;n blancas,<br />de columpiado pino.<br />Har&aacute;s, seg&uacute;n el &aacute;rbol<br />la cuna de tu ni&ntilde;o.<br />Para que tenga el sue&ntilde;o<br />en su oquedad de nido.<br />Para que tenga el &aacute;ngel<br />en un oculto grillo.<br />La obra ser&aacute; tuya.<br />Ver&aacute;s que no es lo mismo.<br />Ser&aacute; como tus brazos<br />la cuna de tu hijo.<br />Se mecer&aacute; con aire.<br />Te acordar&aacute;s del pino.<br />Dir&aacute;s: -"Duerme en mi cuna".<br />Ver&aacute;s que no es lo mismo.<br /><br /><strong>Maternidad.<br /></strong><br />He aqu&iacute; que tu dulce palabra ha sido o&iacute;da <br />cuando estaba, en la angustia, por no ser repetida. <br />En tu estupor, dichosa, te tocas sin querer, <br />y yo, venido a menos, no lo puedo creer. <br />&iexcl;Ah, t&uacute;!, bien que en su noche mi fe te entreve&iacute;a <br />como la luz del d&iacute;a;<br />por algo, desde lejos, el viento del destino <br />me trajo a tu camino.<br />Yo dije: &mdash;Tengo el alma como una piedra dura, <br />y la piedra, arrojada, cay&oacute; en el agua pura.<br />Lo mismo hubiera sido <br />que cayera en el polvo del olvido...<br />&iexcl;Oh, no!, por algo grande tu coraz&oacute;n profundo <br />con toda mi tristeza me sent&iacute;a en el mundo; <br />por algo que era santo mi vida fue esperada, <br />y la tuya, tan suave, para siempre entregada. <br />Desde que s&eacute;, oh amiga, que llevas el misterio, <br />tu nombre es la caricia de mi semblante serio; <br />del coraz&oacute;n me vienen palabras de alabanza, <br />y las manos me tiemblan ligeras de esperanza<br />-mis manos, como ni&ntilde;os que r&iacute;en olvidados <br />despu&eacute;s de haber llorado.<br />Pienso vivir en calma; deseo ser m&aacute;s justo;<br />quiero quererte siempre; y he aqu&iacute; que otro gusto <br />le siento al pan del d&iacute;a, que no en vano se besa, <br />y al agua del aljibe, y al vino de tu mesa. <br />Tengo los ojos nuevos, y el coraz&oacute;n. Admiro <br />las cosas m&aacute;s humildes, y te miro y te miro <br />sin hablar.<br />&iexcl;Oh, todo por el hijo que tengo que esperar! <br />Esperar... Es tan dulce la espera acompa&ntilde;ada<br />para quien, siempre solo, nunca ha esperado nada. <br />Todo en la casa es suave; todo en la casa es santo. <br />Tu canto, lento y f&aacute;cil, es un sagrado canto.&mdash;<br />Hay un olor de espiga en mis libros le&iacute;dos <br />y olor a santidad en tus vestidos&mdash;.<br />Tu andar, por lo que llevas, se ha vuelto silencioso. <br />Y en todo sitio dejas tu bienquerer ufano, <br />que se te pierde solo, como arena en la mano. <br />Oh, sepan los que sufren de lo que yo he sufrido, <br />c&oacute;mo mi vida es mansa con lo que se ha cumplido; <br />c&oacute;mo el milagro antiguo de Mois&eacute;s y la roca <br />inesperadamente se repiti&oacute; en mi boca; <br />porque en mi boca, amigos, esta palabra pura <br />es como el agua clara sobre la piedra oscura. <br />Oh, sepan los que tienen una tristeza vieja, <br />c&oacute;mo el feliz anuncio desbarat&oacute; mi queja, <br />y me dej&oacute; lo mismo que saco ceniciento <br />desempolvado al viento.<br />Oh, sepan los que llevan al cuello desventura, <br />c&oacute;mo en un solo d&iacute;a se perdi&oacute; mi amargura. <br />Oh, sepan c&oacute;mo es fuerte mi mano apresurada, <br />que quiere hacerlo todo, sin saber hacer nada;<br />c&oacute;mo mi voz es dulce, despu&eacute;s que fue tan grave; <br />c&oacute;mo mi amor es simple; c&oacute;mo mi vida es suave... <br />Mujer: en un silencio que me sabr&aacute; a ternura <br />durante nueve lunas crecer&aacute; tu cintura;<br />y en el mes de la siega tendr&aacute;s color de espiga, <br />vestir&aacute;s simplemente y andar&aacute;s con fatiga.&mdash;<br />El hueco de tu almohada tendr&aacute; un olor a nido, <br />y a vino derramado nuestro mantel tendido.&mdash; <br />Si mi mano te toca, <br />tu voz, con la verg&uuml;enza, se romper&aacute; en tu boca <br />lo mismo que una copa. <br />El cielo de tus ojos ser&aacute; un cielo nublado. <br />Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado <br />que pierde un agua limpia. Tu mirada un roc&iacute;o. <br />Tu sonrisa la sombra de un p&aacute;jaro en el r&iacute;o. <br />Y un d&iacute;a, un dulce d&iacute;a, quiz&aacute; un d&iacute;a de fiesta <br />para el hombre de pala y la mujer de cesta; <br />el d&iacute;a que las madres y las reci&eacute;n casadas <br />vienen por los caminos a las misas cantadas; <br />el d&iacute;a que la moza luce su cara fresca, <br />y el cargador no carga, y el pescador no pesca...&mdash;<br />tal vez el sol deslumbre; quiz&aacute; la luna grata <br />tenga catorce noches y espolvoree plata <br />sobre la paz del monte; tal vez en el villaje <br />llueva calladamente; quiz&aacute; yo est&eacute; de viaje...&mdash; <br />Un d&iacute;a, un dulce d&iacute;a, con manso sufrimiento, <br />te romper&aacute;s cargada como una rama al viento. <br />Y ser&aacute; el regocijo <br />de besarte las manos, y de hallar en el hijo <br />tu misma frente simple, tu boca, tu mirada, <br />y un poco de mis ojos, un poco, casi nada...<br /><br /><strong>Puerta.</strong><br /><br />El hombre y la mujer frente a la buena tierra,<br />tierra de Santa Fe: la puerta de la tierra.<br />El hombre y la mujer que ya en la tierra entran;<br />la mujer con su miedo y el hombre con su fuerza.<br />El hombre y la mujer sobre la tierra nueva.<br />El hombre que en el pu&ntilde;o la levanta y la alienta.<br />La mujer que en la mano del hombre la contempla;<br />la mujer que en la mano, como a una igual, la tienta.<br />Hombre y mujer mir&aacute;ndose para decirse: &ldquo;&iexcl;Nuestra!&rdquo;<br /><br />El hombre y la mujer bajo las ramas negras.<br />El hombre desmontando para encontrar la tierra.<br />La voz de la paloma que al hombre desconcierta.<br />La voz de la calandria que a la mujer alegra.<br /><br />El hombre con el hacha para encontrar la tierra.<br />La mujer con el agua para que el hombre beba.<br /><br />El pie del hombre que ara se&ntilde;alado en la gleba.<br />El pie de la mujer sobre la blanda hierba.<br />Del pie del hombre el trigo, la liebre, la culebra.<br />Del pie de la mujer el p&aacute;jaro que vuela&hellip;<br />Vuela cantando el p&aacute;jaro del color de la tierra.<br /><br /><strong>Indio.</strong><br /><br />Quien orden&oacute; la carga del arado<br />ordenaba tu muerte el mismo d&iacute;a.<br />Ella tuvo lugar junto al Salado<br />con paloma y calandria, a mano fr&iacute;a.<br /><br />No te vali&oacute; tu entrega de venado<br />frente al duro invasor que te tem&iacute;a.<br />No te vali&oacute; tu miel de despojado.<br />S&oacute;lo la dulce espiga te quer&iacute;a.<br /><br />Descendiente de gringo y su pecado,<br />por cementerio de tu alfarer&iacute;a,<br />a lo largo del r&iacute;o voy callado.<br /><br />La culpa de tu muerte es culpa m&iacute;a.<br />Indio, dime que soy tu perdonado<br />por el trigo inocente que nac&iacute;a.<br /><br /><strong>La trilladora.</strong><br /><br />Ahora la ni&ntilde;ez es de avi&oacute;n por el cielo.<br />La m&iacute;a fue de nube. No cambio mi recuerdo.<br /><br />Aquel rancho, aquel &aacute;rbol, aquel trigal inmenso,<br />aquella trilladora que atravesaba el pueblo.<br /><br />Ahora la ni&ntilde;ez es de coche en el viento.<br />La m&iacute;a fue de p&aacute;jaro sobre caballo suelto.<br /><br />Aquel carro, aquel &aacute;rbol, aquel poste de hornero<br />con m&uacute;sica en el alma&hellip; No cambio mi recuerdo.<br /><br />Ahora la ni&ntilde;ez es de fulgor el&eacute;ctrico.<br />La m&iacute;a fue de l&aacute;mpara y de luna naciendo.<br /><br />Aquel poste, aquel &aacute;rbol, aquel arroyo lento<br />con &aacute;ngel en la orilla&hellip; No cambio mi recuerdo.<br /><br />Todo est&aacute; en el ayer como si fuera un cuento.<br />&ldquo;La trilladora&rdquo; ll&aacute;mase, y no tiene regreso.<br /><br />Dorm&iacute;a nueve meses y despertaba al d&eacute;cimo.<br />Iba de parva en parva desde noviembre a enero.<br /><br />Hundiendo alcantarillas y soplando del suelo<br />-vidrio pulverizado- bandadas de jilgueros.<br /><br />&iexcl;Qu&eacute; dulce era su canto de sirena, a lo lejos!<br />Enamoraba al hombre e invitaba al ensue&ntilde;o.<br /><br />Se perdi&oacute; en la llanura con su motor de fuego,<br />su vag&oacute;n, su casilla, su carrito aguatero.<br /><br />Un ni&ntilde;o la segu&iacute;a con paloma, y no ha vuelto.<br />Era callado, triste&hellip; No cambio mi recuerdo.</p><p align="justify">&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Thu, 23 Nov 2006 19:59:00 +0000</pubDate></item><item><title>Jos&#xE9; Cibils</title><link>https://literaturasantafe.blogia.com/2006/112301-jose-cibils.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturasantafe.blogia.com/2006/112301-jose-cibils.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><strong>Jos&eacute; Cibils<br /></strong>(1866-1919) <br /><br /><em>"En el plano l&iacute;rico, le tem&aacute;tica aflora con el poeta santafesino -entrerriano por nacimiento- Jos&eacute; Cibils. En su obra po&eacute;tica: Cris&aacute;lidas (1895), Flores nativas (1903), Laureles (1905), Ondas de luz (1909), Aureas de salud (1915) y La canci&oacute;n ideal - Brillazones (p&oacute;stuma, 1921), hay algunas im&aacute;genes l&iacute;rico descriptivas de la pampa en las que se percibe, por una parte, la nostalgia por la paulatina desaparici&oacute;n de la rom&aacute;ntica imagen del gaucho, pero, a la vez, engarzadas en una mirada hacia el campo agr&iacute;cola que progresivamente va form&aacute;ndose bajo la mano del colono inmigrante, al que el poeta destaca como s&iacute;mbolo del progreso y de la transformaci&oacute;n social.<br />Como lo se&ntilde;alan Graciela Fracchia de Cocco y Osvaldo Ra&uacute;l Valli, en la Nueva Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe, Jos&eacute; Cibils `le cant&oacute; a su suelo: sus versos revelan sus propios ideales y los de su &eacute;poca, proyectados en la imagen venturosa del porvenir so&ntilde;ado para su espacio de pertenencia&acute;".<br /><br /><strong>Fuente</strong>: Eugenio Castelli (Un Siglo de Literatura Santafesina)</em></p><p align="justify">&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Thu, 23 Nov 2006 19:57:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
